3 de diciembre de 2014

Pregón Joaquín Caro Romero 2000 (2º parte)


¡Milagros de Sor Ángela! Sor Ángela no hace milagros espectaculares. Ella todo lo hacía partiendo desde abajo, a nivel de pueblo llano. Los desheredados encuentran en la Madre de los Pobres su mejor intercesora, y le piden seguridad antes que esperanza, porque parece ser que en los repartos la seguridad va para el rico y la esperanza, para el pobre, y ahora el pobre -o el que habla en su nombre- reflexiona y solicita que se inviertan los términos.

Era tan bajita la Fundadora que en pie podría tener la estatura de alguna de nuestras Vírgenes arrodilladas ante la Cruz. El milagro de Sor Ángela se pone de manifiesto cada día en su propia existencia, en su amor más allá de la muerte, en la permanencia de su espíritu en sus hijas y en los favorecidos por sus hijas. En el mundo actual existen milagros que no se admiten como tales al no presentar las proporciones exigidas. Yo leía en mi niñez esta pequeña plegaria:



Para aliviar la angustia vulgar de tanta prosa
hoy quisiera un pequeño milagro intrascendente,
uno de esos milagros que nunca ve la gente,
pues su diario portento parece poca cosa...
Hoy apenas te pido, Señor, humildemente,
abrir una ventana y encontrar una rosa...


Cofrades de Sevilla, vosotros que de milagros sabéis tanto, este milagro de abrir una ventana y encontrar una rosa, lo ofrecen cada día, a cada paso, a cada chicotá -y Dios lo sabe-, esas hermanas costaleras de la Cruz de Cristo que son las Hermanas de la Cruz.

No se parece a ninguna, ni a Ella misma en las fotos todas distintas", decía su pintor de cámara en la tierra, Alfonso Grosso. Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es cuando yo la veía pasar y entrar en su Basílica, subido en una silla delante de un corral de vecinos de la Resolana, en diagonal al Arco. Otro de mis recuerdos es el de la extraña seducción que me despertaba un retrato colgado en casa, donde aparecía una encantadora joven vestida de nazareno de la Macarena: era mi tía Esperanza, que, sin ánimo de suplantación, se había puesto la túnica de su hermano Jacinto para que le hiciera la foto, un gesto muy atrevido en una mujer sevillana de principio de los años treinta, imposible de llevar a la práctica.

La Esperanza Macarena, como todo verdadero amor, no tiene edad, siempre está naciendo. El tiempo pasa por nosotros, no por Ella. Y se da la circunstancia de que la Señora de la Esperanza es más joven que su Hijo el Señor de la Sentencia. Cuando el XXV aniversario de su Coronación escribí:


Más joven que su Hijo es esta Madre,
y el tiempo, por designio de su Padre,
no cambió sus pupilas ni sus sienes.
Te adoramos con tanta fe y ahínco,
que contamos los años que no tienes,
pues no has cumplido aún los veinticinco.

Alguien me preguntó una vez por la edad de la Macarena. Si la vemos asomada en el camarín parece que va a cumplir los diecinueve, pero si nos aproximamos a Ella en el besamanos entonces ronda los veinticinco. Son como las transformaciones de su cara a lo largo de la estación de penitencia. Intensísima madrugada y transfigurado amanecer. De Resolana a Laraña hay muchos contrastes. Tantos como de Laraña a su Basílica. ¡Cuánto cambia! Es una mutación real, no fantástica. Tiene lágrimas, ¿pero está llorando? No ha dormido y se le nota. ¿Pero duerme la Macarena? En la lividez de sus ojeras sube de tono el violeta, se acentúa el trazado de la comisura de sus labios, el entrecejo se frunce más y los surcos anatómicos se hacen más profundos. Al avanzar la mañana el rostro va volviendo a su primitivo color, suave y dorado, transparente, y casi se esfuman las ojeras.

Un inolvidable cofrade, Luis Ortiz Muñoz, a quien llegué a tratar casi al final de su vida, estimaba que el de Macarena puede ser un nombre en parte importado por Roma o tratarse quizá de "un nombre grecoibérico, con hermenéutica que entraña más poético artificio que exactitud lingüística y que quiere decir posesión de la felicidad".

Y si Macarena significa "posesión de la felicidad", está claro que sin Ella, sin la Macarena, no podemos ser felices. Y es que la felicidad no se alcanza sin virtud, porque la virtud es su fundamento. Y esto, antes que los Santos Padres de la Iglesia, lo dijeron Séneca, Cicerón, Plinio. Y es esa "posesión de la felicidad" lo que nos convierte en vasallos de su Reino y de su Corte de Esperanza.

Gracias, bendita Madre de la Esperanza, por habernos permitido llegar hasta este atril para cantarte. Gracias, Lucero vespertino, Estrella matutina, Rosa mística, Casa de Oro, Vida, Dulzura y Esperanza Nuestra, suprema expresión de la guapura más gallarda, perfecta y bienaventurada; Salve hecha carne, Letanía hecha repique, razón de nuestra fe y Causa de Nuestra Alegría, que con la fe y la esperanza reparte la caridad a manos llenas. Hace más de cuatro siglos, cuando se aprobaron las primeras Reglas de la Hermandad, Tú no habías nacido, pero ya presentíamos tu existencia, soñábamos con tu hermosura, adivinándote y adorándote. No llegamos tarde ni temprano, sino a tiempo. De generación en generación, siempre una misma Esperanza y una misma fe de enamorado. De enamorado que hoy y aquí declara su amor de esta manera:

No sé con qué está más guapa
la Esperanza Macarena,
si con el manto granate,
el de malla o el de hebrea,
el negro o el de tisú,
el blanco, el verde botella
o el que en terciopelo verde
bordara Esperanza Elena
para aquel glorioso mayo
de coronación y fiesta.
No sé con qué está más guapa
la Esperanza Macarena,
si con saya de volantes
o saya azul de princesa,
o saya de eucaristía,
o saya como bandera
hecha con tela de novia
y taleguilla torera.
Con medallas y rosarios
el cristal y el mármol sueñan
con latines en el coro,
incensarios y navetas.
El alfiler y el espejo
y el peine con que se peina
se están preguntando siempre
cómo está más guapa Ella:
si en el camarín mirando
al que la mira y le reza,
o entre la jardinería
de su paso en primavera,
o bajando a recibirnos
en el besamanos puesta.
No sé cómo está más guapa
la Esperanza Macarena,
si un sábado por la tarde
o un domingo de cuaresma,
si en la Madrugada grande
por la calle Anchalaferia
con fajín de general
aunque no estuvo en la guerra,
o cuando suena la Salve
en la Basílica llena.
Se va un siglo y viene otro,
pero Ella siempre se queda.
Y nosotros preguntando
con qué está más guapa Ella.
Y nadie sabe decirlo,
ni aproximarse siquiera
al concepto, a la medida,
al gusto y al teorema,
que todo lo que se pone
lleva su hermosura impresa.
Y vuelve loca a Sevilla
y con Sevilla, al planeta,
que la locura a su lado
es locura sin fronteras
y sabe que a la Esperanza
no hay nadie que no la quiera.
Se va un siglo y viene otro,
pero Ella siempre se queda.
Y nosotros preguntando
y soñando con la Reina
Madre de los macarenos
un sueño de madreperla,
un sueño de guardabrisa,
de entrevarales y cera;
un sueño de amor y gloria,
un sueño de cielo y tierra,
un sueño de Madrugada
cogido a la manigueta,
un sueño de avemaría
dentro de la parihuela.
Sé que si la sueño yo
es porque todos la sueñan,
como la soñó José
camino de Talavera,
como Muñoz y Pabón,
como Rodríguez Ojeda
o Inmaculada Rodríguez,
que le puso en la cabeza
todo el oro de los ángeles
que Sor Ángela fundiera.
Se va un siglo y viene otro,
pero Ella siempre se queda,
que alumbró hace dos mil años
al Señor de la Sentencia
y parece que fue ayer
el parto de la azucena.
Y ya en el año 2000,
con dos mil locuras nuevas,
que la lengua no se cansa
de pregonar su belleza,
sigo diciendo lo mismo,
lo que otros antes dijeran
y lo que dirán también
los que mañana la vean:
¡No sé cómo está más guapa
la Esperanza Macarena!

En San Lorenzo, la Virgen de la Soledad, Madre nunca marchita porque el dolor no la envejece y ante la que meditamos en la "tristeza mortal" de su Hijo en Getsemaní, lo sabe todo de la soledad. Esa soledad que lleva dentro y fuera como una íntima e inaccesible "torre de ciegas ventanas". El pregonero, al llegar a este punto, se acuerda de sus grandes tutores y maestros que ya no están a su lado con la tangencia de ayer: Rafael Laffón, Joaquín Romero Murube, Manuel Tristán Alonso, Antonio Rodríguez-Buzón... Cuántas bajas en la lista. Pero reconforta pensar que un cofrade, al desaparecer, no abandona del todo sus espacios vitales, porque "una corriente emana de los cuerpos, y permanece en el área donde se ha desarrollado su existencia".

La Virgen de la Soledad no quita la soledad, porque la soledad es la sala de audiencias de Dios, que no sólo está en San Lorenzo, sino en la capilla servita de los Dolores o en la iglesia franciscana de San Buenaventura. La soledad, como decía Gabriel D'Annunzio, "es la prueba suprema de la humildad o de la excelsitud de un espíritu", que nos hace caer con Cristo en San Isidoro y elevarnos con la dolorida Reina de los aires, la Virgen de Loreto, no a las alturas del vuelo del Plus Ultra, sino a las alturas que proclamaron los ángeles en Belén y que nos acercan más en este año 2000 a la Hermandad Trinitaria de la Esperanza, porque el objetivo del gran jubileo, en su fase celebrativa, es la "glorificación de la Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia".

COMO Jesucristo es el Señor del Tiempo, la Semana Santa nos devuelve los años mejores de nuestra vida, en una nueva recreación de los sentidos. Los olores, los sabores, las visiones, los sonidos, las táctiles recurrencias se conjuntan en el espacio idóneo y en la atmósfera propicia. Si para Marcel Proust mojar una magdalena en una taza de té tuvo el efecto casi mágico de trasladarle al tiempo remoto de su infancia, un cofrade de Sevilla tiene a su alcance muchas maneras de sobrevivir en la contienda de la memoria contra el tiempo.

Mis primeras vivencias cofradieras se remontan a cuando yo tenía cuatro años y era nazareno de La Borriquita. Recuerdo a mi padre poniendo orden como un enérgico diputado de tramo y recriminando a todo el que estorbaba el dificultoso avance de la Cofradía a lo largo de la calle Cuna. Llegado al punto de la Carrera Oficial en que sólo se permite el acceso a la Cofradía, mi padre trazaba un tiznón en lo alto de mi antifaz. ¿Y a qué venía manchar la albura de mi capirote? Para reconocerme entre el conglomerado de túnicas blancas a la salida de la Catedral. Considerando el cansancio y lo avanzado de la hora, no me dejó realizar la estación completa. Fue la primera zozobra de mi vida, porque el nazareno niño se toma su papel tan en serio y con tanto o más respeto que los mayores y, siguiendo el ejemplo del Hijo de María, puede ser capaz de dejar callados a los doctores en el templo.

El Señor de la Entrada en Jerusalén era ante los ojos del niño la imagen adorable de Jesús, su primer amigo, que tendría en aquel niño, cuando se hizo adulto, el único penitente de negro de su historia.

Y la preciosa perla del Socorro, con una palidez de dama del medievo en su corte de Amor, a la que ahora veo con el atractivo de una esposa y la densidad de una madre, fue mi primera musa, como el Señor de la Entrada en Jerusalén fue mi Amor primero, porque en este buen Jesús que cabalga va a estar pronto el Amor crucificado, que nos espera siempre, porque para eso está bien seguro con tres clavos -o con cuatro, como el Señor de la Quinta Palabra, el Cristo de la Sed-, para esperarnos.

Estoy convencido de que para un cofrade los años son papeletas de sitio. La noche de un Domingo de Ramos le pregunté al Cristo del Amor que si era el mismo que yo vi entrando triunfante en Jerusalén horas antes:

Amor, ¿eres o no eres
el que he visto por la tarde,
cuando la cera no arde
y el sol va donde Tú quieres?
Amor que en el tiempo hieres
el corazón con que amamos.
Son tantos, tantos los tramos
del hombre al niño que fui,
que estoy más cerca de Ti
cada Domingo de Ramos.
Cada Domingo de Ramos,
Señor, cuando el sol se pone,
el corazón se dispone
a desandar lo que andamos.
Si entre palmas te encontramos,
ahora estás fijo y abierto,
dormido, pero despierto
para que en tu Amor despierte,
y si vienen a prenderte
yo no me duerma en el Huerto.

Hoy la voz se vuelve más grave. Es natural. El tiempo no transcurre en vano. La edad de cada uno de nosotros va en dirección contraria al número que tiene en su Hermandad, que va decreciendo.

Todo el Amor de un nazareno niño
vuelve algún día a un nazareno viejo,
cuando llega el crepúsculo al espejo
y se hace espina lo que ayer fue armiño.
Si me destiñe el tiempo, yo destiño
las sombras al final de este cortejo,
y en la memoria de la Cruz me dejo
todo mi miedo y todo mi cariño.
Amor, Amor, Amor, qué poco falta
para la meta. ¿Por qué está tan alta,
si yo no voy sin Ti a ninguna parte?
Tú por delante, que así no me engaño.
Qué cerca estoy de ti, más cada año.
Qué poco falta, Amor, para alcanzarte.

En un Pregón no se dice todo, se dice una parte del todo. Por eso nunca saldrán de mis labios ni de mi pluma las palabras "He dicho". Porque este no es un Pregón cerrado. No sé ni quiero terminarlo. Lo dejo abierto, muy abierto, para que mi Cristo del Amor le ponga punto final cuando Él quiera.

Cofrades de Sevilla: "A mí no me tendréis siempre", dijo Jesús en Betania, sabiendo lo que le esperaba en Jerusalén.

Hay muchos modos y maneras de entender y expresar el Amor, la Pena, el Dolor o la Esperanza, que con todas las advocaciones de nuestras Hermandades el pregonero quisiera resumir a modo de catequesis pasional y callejera, de jubileo glorioso en el año jubilar y de letanía de despedida, poniendo en su boca lo que ha sacado del corazón -el vuestro y el suyo- y que os lo retorna antes de que se apague la candelería del momento y la voz se pierda en la sombra de los últimos varales:

Hay Dolores por San Marcos,
por San Vicente y el Cerro;
Dolores por Santa Cruz,
por Torreblanca y Molviedro.
Mayor Dolor en las Aguas,
por Gavidia y Toneleros.
Y al lado del Gran Poder,
en palio de terciopelo,
traspasada en carmesí,
va otra Madre sin consuelo.
Le ponen nombre a la Gracia
por San Roque los primeros
en descubrir que la Gracia
lleva la Esperanza dentro;
y allá por Omnium Sanctorum,
donde duerme el sueño eterno
don Rodrigo de Ribera,
el Amparo le añadieron.
En plural o en singular
la Angustia nunca está lejos,
que Estudiantes y Gitanos
le ofrecen cátedra y gesto,
y Quinta Angustia en María
mirando el Descendimiento.
Igual que Misericordias
por la Alcazaba muriendo,
la que trasplantó en su Madre
el Señor baratillero,
o la que arrastra en el Miércoles
su Divino Nazareno.
La Esperanza es una O,
pero vale un alfabeto
porque su hermosura encierra
las lenguas del universo;
las que por la Trinidad
van recogiendo los ecos
que en Macarena y Triana
sacaron del Evangelio
para expresarle a las Madres,
a las Novias de este pueblo,
que la palabra de Dios
se hace letra de requiebro
para la Virgen bendita,
para la Reina del cielo,
se llame como se llame,
Soledad en San Lorenzo,
Soledad en los Servitas,
o la que está en el convento
donde la Buenaventura
tiene Salvación y asiento.
La Piedad del Baratillo
lleva en su regazo al Verbo,
que de Domingo a Domingo
hay un cadalso por medio.
Y allá por Bustos Tavera
otra Piedad que no ha muerto
me da todas las mañanas
la buena Paz de los rezos
con la cigüeña en la cruz
que a la espadaña da aliento.
Las Vírgenes y los Cristos
que aquí tienen su venero
llevan nombres tan humanos
que a todos les pertenezco.
A las Penas de San Roque,
a las que en la Estrella veo,
las que trae Santa Marta
que por San Andrés espero,
como espero en San Vicente
al apenado Maestro
y a otros que echaron de casa
los mercaderes del templo.
Si me falta la Salud
en San Esteban la encuentro,
la hallo en la Carretería
y si en San Gonzalo entro;
San Bernardo y los Gitanos
dan a los males arreglo,
mientras por San Nicolás
y por Montesión dan tiempo
a cicatrizar heridas,
las del alma y las del cuerpo.
Con naranjos y palmeras
estoy entre dos Silencios
-Silencio blanco el Domingo,
y el Viernes Silencio Negro-;
y a las dos Expiraciones
-el Cachorro y el Museo-
sumo al Buen Fin por Teodosio
con la Palma de su gremio,
mientras suspira otra Palma
de la Alcaicería a San Pedro
y otro Buen Fin en María
se hace encaje en Chapineros.
Aguas de Cristo y su Madre
van por los derramaderos.
Y la Buena Muerte ofrece
su amor de brazos abiertos
desde calle San Fernando
a plaza de Pumarejo.
Sangra el Cristo de la Sangre
con el martirio en los huesos.
Si Vera Cruz se consume,
con la Sed se apaga el fuego,
y con las Siete Palabras
todo está bien dicho y hecho,
que al pie de la Cruz lo afirma
la Virgen de los Remedios
y esa Flor de la Cabeza
de la que soy prisionero.
Si el sol le da en cada esquina
brillo a los respiraderos,
los Negritos angelizan
la luna por Recaredo
con la Virgen de los Ángeles
purificando los vientos
y Cristo en su Fundación
sirviéndole de crucero.
Hiniesta, Refugio, Carmen,
Merced, Mercedes, Loreto,
Madres tan imprescindibles
que son el alma en el cuerpo,
la Guía y la Paz del espíritu,
el Patrocinio perfecto,
el tesoro Subterráneo,
la Regla en los Panaderos,
el Socorro de los pobres,
la Redención en el preso,
el Valle de los que sufren,
la Luz en los Mandamientos,
Humildad en la Paciencia,
Caridad en el recuerdo,
Inocencia en Guadalupe,
Salud en el Viajero,
Providencia en los Dolores
y Silencio en el Desprecio.
Mirad en Jerusalén
a Jesús libre y despierto,
que luego estará Cautivo,
materia de Prendimiento,
Desamparo y Abandono
en la Caridad inmerso
y al cuidado de María,
Marta, José, Nicodemo...
Y Atado en una Columna,
y Despojado y sin techo,
esperando ayer y hoy
su Presentación al Pueblo,
las miserias de Caifás
y de Anás, y los enredos
de Herodes y de Pilato,
y las cuentas y los cuentos
de ladrones y asesinos
que echan semilla en el tiempo.
Hoy como ayer, canta el gallo
de Sócrates y el de Pedro.
Hoy como ayer, las dobleces
de escribas y fariseos,
mientras se ahondan las distancias
que van del denario al euro.
Por San Martín, la Lanzada;
por Trinidad, el Decreto,
las Cinco Llagas, Don Bosco,
la Concepción... Y el salterio
que no roza por la ojiva.
Y el dogma. Y el fundamento
que empuña espada y defiende
azahares en el Silencio.
Con la Cruz al Hombro va,
en trece amargos momentos,
haciendo su vía crucis
-¡tan distinto!- el mismo Preso,
que en el Gran Poder culmina
la obra de Dios verdadero
y en Pasión se dulcifica
como si pesara menos
la Cruz, arado de gracia
sin escollos timoneros.
Si Tres Caídas son muchas
hay que añadir al madero
la limitación que expresan
las manos del Cirineo.
Por calle Imagen avanza
de cuatro hachones en medio
un Cristo que muerto dice
que no es de Burgos su Reino.
Y la Virgen de las Lágrimas,
nunca con los ojos secos,
nos bautiza con un llanto
que no cabe en su pañuelo,
mientras en su Exaltación
el Hijo ve el firmamento
que promete en Montserrat
con el Buen Ladrón converso.
Las Almas, para el Amor;
y para el Amor, el Beso,
Rocío para siempre si
Desamparado me veo;
Tristezas para la ida,
Victoria para el regreso,
ya venga del Porvenir
o del puente de San Telmo;
Estrella para mi noche,
Candelaria en el desvelo,
Encarnación en la espera,
Villaviciosa en el duelo,
Presentación con el Fruto
que en Calvario recogieron;
Consolación entregándole
el Rosario a los enfermos,
con Dulce Nombre en la boca
y con la Aurora de estreno.
La Sentencia en el pretorio
la Oración en el Huerto;
la Coronación de Espinas,
la Mortaja y el Entierro,
con el Redentor yacente;
y luego a empezar de nuevo
con el lasaliano Cristo
Resucitado y devuelto,
en un pasmo de aleluya
que hace a la piedra lucero,
porque allá en Santa Marina
rezó Fernando Tercero.
Así Sevilla predica
todo el año el Evangelio,
el quinto, que por ser suyo
quintaesencia los portentos.
Y en la Semana más Santa
saca a la calle su credo
y pone palio a la salve
y multiplica su ejemplo
y llega donde llegaron
Lucas, Marcos, Juan, Mateos.
Y así Sevilla sublima
su nombre y su callejero.
Y sube a la Torre Antonia
y empieza todo el proceso,
y hace orilla del Jordán
la Puerta del Baptisterio.
Donde la Escritura cuenta
la historia del pueblo hebreo,
Sevilla va y la completa
con sus pasos de Misterio,
con sus Cristos y sus Vírgenes,
sus santos, sus monumentos,
sus jardines, sus mujeres,
sus hermanos costaleros
y todo el que contribuya
a eternizar todo esto:
el mayordomo, el prioste,
la bordadora, el cerero,
el florista, el capataz,
el aguaó, el pertiguero,
el músico, el dorador,
el orfebre, el saetero,
el vestidor, el tallista,
la camarera, el clavero...
Porque Sevilla está en gracia,
en constante jubileo,
en alas de tradición,
porque se sabe instrumento
de los poderes divinos
que dan fuerza al pregonero.
Si Sevilla es la clausura,
la Verónica y el velo,
también Sevilla es tambor,
también Sevilla es incienso;
y hace de su fe martillo
glorificando el esfuerzo
en la delgada frontera
de un milenio a otro milenio.
Por eso el año 2000,
y solamente por eso,
desde que a la calle salgan
los primeros nazarenos,
Sevilla será oración
y Sevilla será espejo
donde Dios baje a mirarse
para sentirse en el cielo.

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